Leer como experiencia compartida
- Lic. Lía Goren

- 19 ene 2014
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 24 ene

Esta vez me encuentro inspirada por una premisa que recibí de la mano de Rafael Reinehr junto a la bellísima imagen que encabeza este post.
Un niño que lee será una adulto que piensa.
Y como es verano y tengo menos trabajo, decidí tomarme un momento para ir un poco más allá de las primeras impresiones.
Todo comienza en las actividades que los niños y las niñas comparten con otros y lo que en ellas transcurre.
Opino que un niño a quien le han leído, un niño que ha disfrutado de las lecturas porque ellas han sido parte de una experiencia , interactiva y cariñosa, será un niño que desea, aprecia y disfruta de la lectura.
Un niño que ha podido experimentar el leer como experiencia compartida, charlar acerca de lo que lee junto a las personas de su vida, que ha podido preguntarse y preguntar, responder y ser respondido, será un niño con habilidades de pensamiento crítico, con la imaginación disponible, con sueños por realizar.
El tipo de pensamiento que desarrolle dependerá de qué, con quién y cómo ha transcurrido su experiencia de lectura. No alcanza sólo con leer.
La tía Sheerezade
Una mujer llamada Ivana Rowena también se cruzó con el posteo de Rafael y compartió en los comentarios un hermoso recuerdo de su vida.
No conozco a Ivana pero le agradezco su generosidad al compartir su recuerdo y por su permiso para sumarla en este espacio. Ella la relató en portugués y, también con su permiso y ayuda, lo he traducido para compartirlo contigo a continueción.
Conmigo también fue así. Mi abuelo tenía una gran biblioteca y la puso a mi disposición. Pero sólo podía leer otro libro si le entregaba el anterior. Siempre era uno por vez, a diferencia de hoy, en que los padres compran en cantidad y los chicos luego se saturan con tanta oferta.
Si observan bien, hoy las revistas de decoración muestran fotos de cuartos con tv y computadora, pero los estantes están ocupados solo con adornos, es raro ver libros y siempre son finitos.
Desde pequeñas, mis hijas invitaban amiguitos para oírme leer historias y, con el tiempo, aquello se volvió un hábito semanal, ya que todos podían traer su libro preferido para que yo lo leyese.
En el cumpleaños de cada niña ellas recibían un cuento exclusivo que me era encomendado anticipadamente y en el que podían determinar el género, la época, el lugar (yo mantenía un planisferio en la pared de la terraza) y 2 o 3 personajes, en general, aquellos de los que tenían miedo, como el hombre de la bolsa o una bruja. Era escrito en letras especiales y una dedicatoria con estilo.
La entrega era casi un ceremonial antes de cantar el feliz cumpleaños. Había mucha expectativa y los adultos participaban del suspenso. Al día siguiente, allá estaban todos sentados en la terraza para oír el cuento, ahora compartido con los amiguitos, en grupo.
Pasé años enteros teniendo que crear cuentos de hasta 15 páginas de diversos géneros, con personajes de diferentes países, cuanto más extraños mejor, lo que me exigía tiempo para investigar, pues no podía transmitir informaciones sin criterio, obviamente!
Los padres me dieron el apelativo de Sheerezade y hasta hoy sus hijos, ya con 18 a 25 años de edad, me llaman tía Sheerezade, pues en esa época, les conté quien era ella y les leí los bellos cuentos árabes!
Más adelante, Ivana profundiza un poco más alrededor de la actitud que debe tener en cuenta un contador de historias. Comparto totalmente su criterio.
... nada de tentativas didácticas tipo comparaciones entre la vida de los chicos y la de los personajes. Estas manipulaciones alejan a los chicos y hacen que pierdan interés. Yo no osaba comentar nada después de la lectura, los dejaba en libertad para que me preguntaran.
Pepín Cascarón
Recuerdo cuando mi madre nos acostaba y arropaba bien, se sentaba en una silla en medio del cuarto para quedar a la misma distancia de mí y de mis dos hermanos y nos leía unos relatos hermosos de Pepín Cascarón, una serie de libros de cuentos que se publicaban en esa época (hace mucho, jeje) ¡Cómo esperábamos ese momento!
Estoy convencida de que chicos y las chicas que siguen leyendo cuando son grandes lo hacen porque la experiencia inicial de la lectura vino adherida a momentos felices junto a sus seres queridos. Fijate que hasta el relato de Peter Pan comienza con un niño huérfano sentado a hurtadillas en una ventana escuchando los cuentos que una niña en camisón les leía a sus hermanitos menores.
Conversar es enlazarse, es abrazarse, es hermanarse.
No conozco personalmente a Ivana, pero nos hemos 'leído' mutuamente al pie de un post en facebook. Y digo esto porque, justamente, refuerza lo dicho hasta aquí. No se trata sólo de leer, sino de lo que el leer suscita entre las personas.
Gracias Rafael Reinehr, fundador de Colmeia, Ideias em Cooperação, a Ivana Rowena y a Jeanette Woitzik, autora de la ilustración.
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