Responder como acto de presencia
- Lic. Lía Goren

- 24 abr 2011
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 25 ene

Días de pascuas, judías y cristianas.
En esta época del año siempre me queda algún tiempo para conectar lo que vivo con lo que hasta ahora aprendí y recrearlo.
Desde el año 2008 y durante por lo menos unos 6 años, interactué en un espacio virtual llamado Escola do Redes. La principal virtud de la propuesta es la de constituirse como un contexto no jerárquico, de eso se trata interactuar en red. Allí nadie mandaba a nadie, allí lo que importaba era interactuar desde lo que cada uno es y donde nadie se aboca el derecho a la última palabra sobre ninguno de los temas que allí se desenvolvían. Como lo plantea su iniciador, Augusto de Franco, la escuela es la red: E=R.
Interactuar en este contexto es lo más interesante que he hecho en los últimos años después de mis experiencias y estudios de Expresión Corporal y Psicología Gestáltica.
He aquí una idea que resulta novedosa: el paso de un sistema relacional jerárquico hacia el patrón de red distribuida, o sea, descentralizado, es productor de salud y conocimiento. Esta perspectiva puede significar un cambio fundamental haciaa la mejora de la convivencia humana y la salud del planeta.
Está allí quien responde
Así, en estos días, en tanto iba reflexionando acerca de mi motivación por formar parte de la comunidad de Escola do Redes, me daba cuenta de que un factor importantísimo radicaba en el saber que siempre, siempre, Augusto de Franco estaba allí para responder.
No esperaba siempre su respuesta. Pero sabía y que estaba y está allí, escuchando, respondiendo, entrando en interacción conmigo –y con los demás– a partir de aquello que le resultaba significativo o regalando un punto de vista nuevo y enriquecedor. No necesitaba su respuesta, pero confiaba en que estaba, escuchaba y respondía. Y así con tantos compañeros de E=R con quienes gustosamente interactué y de quienes tanto me nutrí.
En sentido amplio, en E=R conté con que alguien estaba por allí y me alegré cuando 'encuentraba una respuesta’, que no es otra cosa que alegrarme en ‘el encuentro’ con el otro.
Reafirmo entonces la convicción de que la verdadera tarea del netweaver (el tejedor de redes) radica en esa disposición de incondicionalidad que se manifiesta a partir de la respuesta. Cada vez que respondemos le decimos al otro que no está sólo, que a alguien le importa quiénes somos. Es esa interacción la que nos va constituyendo como personas. Cuando nadie está para conectar y responder, la realidad vivida es la exclusión, el camino se torna en desesperación y, en ocasiones, la muerte un alivio trágico. Responder como acto de presencia dignifica a quien interpela y a quien responde.
Creo que a casi todos nos cuesta comprender la idea de un espacio que no tiene dueño. Pero quizás, la cuestión central no sea quién es el dueño, quién manda o quién controla. La cuestión central, para mí, es quién está allí. Está allí quien responde.
Esto que digo no obliga a nadie a responder. La cuestión a la que apunto es el valor relacional de la respuesta. Deseo valorizar la resonancia que despierta la palabra del otro. No se trata solamente de escuchar, se trata de lo que Kita Cá y Elsa Lanza (queridas maestras) llamaban “la escucha profunda”, esa escucha que se abre a la presencia del otro, un escuchar que se funde alquímicamente en quienes somos y nos trasciende, para emerger en forma de respuesta, una respuesta honesta que damos a quien nos ha honrado con su palabra. Una respuesta que es siempre novedad, tanto para quien la da como para quien la recibe. Algo que nunca hubiera existido si no fuera por la gracia del encuentro.
En los ámbitos de la física y la biología más avanzados tanto como en el de la ecología hablamos de redes, de conexiones, de interacciones y de emergencias. Pero, según lo veo en este momento, la idea que más me cautiva es la de la “interacción”.
La respuesta es el motor de la circularidad de la vida
Augusto nos recuerda siempre que interactuar es hacer amigos. Y hacer amigos implica entablar relaciones recíprocas, y reciprocidad, para mí, equivale a decir que no sólo estamos en este mundo para decir y mostrarnos como pavos reales alardeando de nuestro bello plumaje, sino también para escuchar y, necesariamente, para responder. La falta de respuesta me trae la imagen de una semilla que no encuentra un terreno donde fecundar. La respuesta es el motor de la circularidad de la vida.
Pocas cosas nos duelen más que no ser oídos. Pocas cosas provocan el desolador sentimiento de exclusión, de no formar parte de la red de la comunidad humana, como el no ser oídos. Y si hay una forma en que el no ser oído se hace evidente es en la falta de respuesta.
Y el responder, en sentido profundo, no tiene que ver con dar alguna forma específica de respuesta. No se trata de dar satisfacción, de si digo o hago justamente lo que otra persona espera que diga o haga. Se trata de hacerle saber que estoy allí y dispuesta a interactuar. Así, el responder deviene en el gesto de incondicionalidad hacia el otro, un gesto de amor que todos necesitamos para vivir.
Ser un nodo de la red de la vida en este mundo implica estar dispuesto a conectar y dejarse atravesar por la palabra de los demás. Quizás no siempre tengamos algo para decir. Y sería irreal o imposible pretender que en una comunidad todos respondan a todos. Pero lo que realmente importa (o debiera importar) en cada espacio de convivencia es que siempre haya alguien que responda.
Hoy creo que si lo que deseamos es vivir, construir y sostener las redes de las que formamos parte, lo que también necesitamos aprender, por sobre todas las cosas, es a escuchar y a responder, antes que a hablar. Necesitamos que nos importe más darle al otro la gracia de saber que no está sólo antes que hacernos oír.
Extrañas palabras viniendo de mí, dado que soy bastante charlatana. Pero al mismo tiempo me confortan, porque también sé que quienes me rodean cuentan conmigo y en medida de mis posiblidades, suelo responder. Felices Pascuas | Jag Pesaj Sameaj
Gracias Fritz Perls, Patricia Stokoe, Martín Buber, Kita Cá y Elsa Lanza, Augusto de Franco Fotografía: Lía Goren - Ushuaia / Canal de Beagle
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