Los castigos no ayudan
- Lic. Lía Goren

- 25 may 2016
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 20 ene

"La solución a los problemas de los adultos de mañana depende en gran medida de cómo nuestros hijos crecen hoy.”
Margaret Mead
Existe todavía la creencia bastante generalizada acerca de que aplicar castigos (no hablo de castigos físicos) es un recurso eficiente a la hora de remediar la mala o inconveniente conducta de las personas. A pesar de que la realidad, a la larga, suele demostrar que los castigos no ayudan, me sorprende la persistencia de esta idea. Y no sólo no ayudan, sino que más bien empeora las cosas.
Por este motivo, me entusiasmó poder compartir aquí el aporte de un artículo que leí hace poco escrito por Jared Keller titulado Unhelpful Punishment (La inutilidad del castigo) que aporta valiosas referencias neurocientíficas que respaldan las desventajas del castigo.
Estrés tóxico
El 3 de mayo de 2016, un grupo de investigadores y educadores reunidos en el Museo Americano de Historia Natural en Nueva York, argumentaron que ciertas conductas problemáticas pueden ser el resultado de una respuesta biológica profundamente arraigada en lo que designan como estrés tóxico y que los intentos de controlar esas conductas con más disciplina y castigo sólo empeora las cosas: se suma más estrés a un sistema de por sí estresado.
El artículo original sólo alude a la situación de niños, niñas y jóvenes pobres que asisten a las escuelas públicas de los EEUU. De mi parte, al margen de que la pobreza es un factor que puede incrementar la fragilidad del sistema relacional que provoca estas conductas problemáticas, considero que las condiciones que describen pueden darse en todo tipo de contexto económico/social.
¿Cómo se origina el estrés tóxico?
Esta condición está asociada a lo que denominan como experiencias infantiles adversas (ACEs, por sus siglas en inglés) tales como el abuso o el maltrato físico y emocional, el abandono, la enfermedad mental de los padres o una estructura familiar inestable.
Trabajos recientes han demostrado que la persistencia de estas experiencias adversas (responsables de estados de pánico, depresión y ansiedad que atraviesan esos niños, niñas y jóvenes) no solo afectan a la salud emocional y mental sino que también producen trastornos a nivel biológico. Y no se trata del estrés relacionado con lo que coloquialmente denominamos con ‘situaciones difíciles’.
¿A qué se alude cuando se habla de estrés tóxico?
El estrés tóxico es un término clínico para aludir a la confluencia de consecuencias orgánicas y psicológicas como resultado de una constante e implacable avalancha de experiencias traumáticas. Así lo explica Keller:
cuando las hormonas del estrés, como el cortisol, permanecen persistentemente elevados durante demasiado tiempo, el tamaño y la arquitectura neuronal de la amígdala cerebral, el hipocampo y la corteza prefrontal comienzan a cambiar rápidamente, afectando comportamientos importantes como la función ejecutiva, la memoria y las respuestas emocionales.
El artículo sugiere que es fundamental asumir la gravedad del estrés tóxico, dado que la agobiante tortura emocional y física en que viven algunos niños, niñas y jóvenes termina cobrándoles la fortaleza del sistema inmunológico, debilita la atención y transforma la arquitectura sus cerebros. Se manifiesta en la forma de déficit cognitivo, trastornos emocionales, problemas de aprendizaje, junto con una multitud de disfunciones conductuales.
De acuerdo a minuciosos estudios realizados por el Dr. Jack Shonkoff y Deborah Phillips en su estudio “From Neurons to Neighborhoods“ (Desde las Neuronas hacia los Vecindarios)
El comportamiento escandaloso en las clases escolares entre los estudiantes de bajos ingresos – desde la intimidación a compañeros de estudios hasta el desafío agresivo a las figuras de autoridad – puede ser menos una llamada de atención y más el resultado probable de una transformación neurobiológica.
Por lo tanto, sepamos que imponer disciplina en las escuelas en base a castigos sólo intensifica las tensiones en un organismo con poco resto para soportarlas. Según la investigación, el cerebro conserva una importante plasticidad durante los primeros años de vida y esto le brinda al organismo un cierto nivel de resistencia neurobiológico a la hora de enfrentar dificultades. Pero cuando los niños, las niñas y los jóvenes que padecen estrés tóxico se encuentran en la necesidad de enfrentar "un ambiente escolar draconiano se apaga cualquier esperanza de un respiro neurológico a los problemas en sus casas”.
Desarrollarse como persona
Queda claro, entonces, que el castigo escolar no hace más que retroalimentar un círculo vicioso: replica las condiciones de producción de tensión e incrementa sus consecuencias negativas:
Los estudiantes etiquetados por sus maestros con la marca de las ‘manzanas podridas’ encuentran seriamente disminuidas sus oportunidades para transitar un entorno neurobiológico sano, dando lugar a situaciones que sólo sirven para perpetuar su experiencia de estrés tóxico y, a su vez, su comportamiento no deseable.
Cuando los educadores no incluyen la idea de que un arrebato puede ser una respuesta incontrolable al trauma y aplican sanciones, refuerzan la idea de la mala conducta como una falta moral o personal. Estas situaciones tienen el agregado de ser vergonzantes, y los estudiantes se ven expuestos de manera humillante ante su comunidad de pares y ante las figuras de autoridad, creando también las condiciones para la producción del chivo (o los chivos) expiatorios de la clase y el bullying.
Al reforzar un entorno de vergüenza y fracaso los profesores, con demasiada frecuencia, agudizan aún más la espiral de estrés tóxico que comenzó en el hogar bajo la suposición de que, en fin, él es un “mal chico”. Y todavía más - "Un niño expuesto a estas tensiones no está predestinado a tener una vida difícil", dice la doctora Mary Bassett, … El problema es que "la salud pública está demasiado enfocada sólo en la 'supervivencia de los niños’. Un niño necesita no sólo sobrevivir, sino desarrollarse."
¿Qué hacer?
Debemos asumir que el castigo no le sirve a nadie, ni al que lo imparte ni al que lo padece. Debemos asumir también que todo niño o niña que asiste a la escuela no se merece este tipo de trato. Por todo esto, sumando el aporte de mi experiencia a lo sugerido en el artículo, estas son algunas acciones posibles para no agravar la condición de los estudiantes que padecen estrés tóxico.
En primer término, que haya un cambio importante en la conversación en torno a la mala conducta.
Reconocer que la raíz profunda de este problema va más allá de sólo cuestiones psicológicas sino que se suman aspectos biológicos.
Generar contextos de seguridad emocional y confianza mediante una fuerte empatía emocional.
Sostener un ambiente positivo y nutritivo acompañado de claros mensajes de reconocimiento.
Asesoramiento individual para los estudiantes con problemas de relación y terapia de grupo pequeño para ayudar a reforzar las habilidades sociales y la estabilidad emocional.
Contar con trabajadores sociales involucrados en las aulas que puedan concentrarse en la restauración de las función ejecutiva – esencialmente, para dar tiempo a las siempre plásticas partes del cerebro debilitadas por el de estrés tóxico para reiniciar el sistema y aumentar la resiliencia frente los desafíos que enfrentan en el hogar.
Educadores que hacen la diferencia
No siempre sabemos lo que los chicos viven en sus hogares. Los padres que maltratan no lo cuentan. La intensidad de los problemas hogareños no siempre nos llega claramente. Lo que los educadores sí vemos es el efecto de lo que probablemente estén padeciendo los chicos y las chicas en casa y nos invade tanto la impotencia como también un compasivo deseo de ayudar.
No podemos cambiar la vida entera de los chicos, pero sí podemos cambiar y mejorar lo que sucede en la escuela. Debemos cambiar todavía muchas cosas en cuanto a la manera en que pensamos la vida en las escuelas, lo educativo y nuestra manera de hacer las cosas. Vale la pena intentarlo. Como experiencia propia y también durante mis años de trabajo como terapeuta, he visto a una enorme cantidad de personas que siendo estudiantes tuvieron la bendición de cruzarse con algún profesor/a o maestro/a que, gracias a su trato, sus propuestas de trabajo y sus palabras, hicieron enormes diferencias en sus vidas. Buenas y saludables diferencias.
Invito a quienes hayan tenido maestros o profesores que hayan hacho una diferencia beneficiosa en sus vidas las compartan aquí o en otros espacios como testimonio e inspiración.




Comentarios