El futuro de los niños somos los adultos
- Lic. Lía Goren

- 5 oct 2018
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 19 ene

El futuro de la humanidad no son los niños, somos los mayores con los que se transforman en la convivencia.
Humberto Maturana
Suelo escuchar decir que "nadie te enseña a ser padre o madre".
Sin exagerar, después de más de 25 años de trabajo con familias, mepermito decir que este comentario es "un clasico". Lo oigo en entrevistar radiales, lo leo en revistas de actualidad y también en las consultas y talleres que realizo. Sin embargo, a pesar de ser parte de una creencia compartida por gran parte de la población, no estoy de acuerdo con ella.
En principio, aprendimos a ser padres y madres de nuestros padres y madres.
Aprendimos a criar a medida que nos criaban. Aprendimos lo que significa ser alumno o cómo deben funcionar las escuelas siendo nosotros mismos alumnos. Aprendimos también cómo un adulto puede inspirar, humillar, ser paciente o enojarse por algo en el transcurso de nuestras relaciones con las personas con quienes nos tocó convivir.
Te aseguro que también vas a escuchar, una y otra vez, que "los hijos no nos llegan con un manual de instrucciones". Por supuesto que no. Somos los adultos los que traemos a cuestas ese manual, como si se tratara de un gen heredado de nuestros ancestros.
Creo que estas frases típicas persisten porque también actúan, inconscientemente, como una defensa que permite soportar el miedo de hacer las cosas mal que todos tenemos cuando nos convertimos en padres y madres.
Me resulta familiar
Familiar. Esa es la palabra que usamos para referirnos a algo que nos resulta conocido. He aquí el meollo del problema. La vida familiar que tuvimos, con lo bueno y lo malo que ella trae, es lo más conocido y también, para bien o para mal, es lo que mejor sabemos hacer.
Por eso, cada vez que algo se traba en la crianza, cuando la manera de actuar que aprendimos siendo nosotros mismos hijos e hijas no funciona, nos quedamos en blanco y no podemos imaginar qué otra cosa hacer.
Este es un punto crítico de la consulta con familias. Aparecen las evidencias de que lo que se hace no funciona, escucho todas las quejas desgranadas con detalle y prolijidad, pero también y casi inexplicablemente, aparece la extraña esperanza de que todo puede mejorar sin cambiar nada.
Lamentablemente, sin cambiar la manera de concebir lo que es sano y lo que no, sin revisar los criterios acerca de la dinámica del poder en la familia y sin cambiar los patrones de comunicación asociados a esos viejos patrones relacionales aprendidos durante nuestra infancia y juventud, nada habrá de cambiar.
¿Qué suele pasar cuando los adultos se encuentran con la incómoda sensación de impotencia que aparece al ver que nada de lo que hacen funciona? Con mucha frecuencia el problema queda puesto en el hijo o la hija y, con ello, queda deshabilitado lo mucho que los adultos pueden revisar y modificar para superar lo que les preocupa.
Aprender es un trabajo. Requiere tiempo y esfuerzo entender por dónde pasa la diferencia entre el mundo que se tiene y el que se desea.
No queremos repetir, pero a la hora de cambiar, de modo casi irracional, se defienden con uñas y dientes los viejos argumentos de nuestros padres, madres, abuelos y todo lo que a uno se le pueda ocurrir.
Un ejemplo de hace muchos años:
-¿Cómo voy a dejar que mi hijo haga lo que quiera? Si ahora no entiende la autoridad, en su adolescencia va a ser un desastre."
Una respuesta posible:
-No se trata de que haga "todo" lo que quiere, sino que en "algo" pueda elegir, que en "algo" pueda ganar, paulatinamente, algún derecho de autodeterminación.
Y entre muchas posibilidades, la conversación suele derivar en una simplificación inútil entre si mandan los padres o mandan los chicos.
Observen que el escenario de estas dos posturas es el mismo, porque parten de una creencia común que las contiene a ambas, una creencia que dice que ser familia tiene mucho que ver con mandar y obedecer y nada que ver con elegir.
Mientras esto permanezca incuestionado, ese padre y ese hijo del ejemplo no podrán salir nunca de una relación basada en la puja de poder. A menos que se cambie en el nivel de la creencia, para su papá o su mamá, ese niño o esa niña siempre serán unos rebeldes e insolentes. Peor aún, se cumplirá la profecía del padre del ejemplo, porque esos chicos crecerán sumamente resentidos y durante la adolescencia la relación con sus padres se irá tornando tortuosa.
El mandato de cuidar los mandatos de los padres es feroz y a veces automático. La comodidad de mantener las cosas como están también tiene su peso.
Trabajar a fondo en temas de crianza implica dejar en evidencia y poner en cuestión muchas de nuestras ideas aprendidas acerca de lo que significa ser familia, ser padre, ser madre y acerca de cuestiones tan gigantes como los valores: la verdad, la mentira, la responsabilidad, la compasión, la colaboración, el bien común... y podría seguir.
Repensar la crianza no significa destruir todo nuestro pasado, sino conservar lo que es bueno y cambiar lo que hace daño.
Por suerte, también repetimos lo mejor de nuestra infancia; repetimos esas cosas que nos daban felicidad y que hacían que nos olvidáramos de la idea de escaparnos de casa en cuanto pudiéramos. Eso es lo que hay que conservar.
El futuro de los niños somos los adultos.
Somos los adultos los que tenemos la posibilidad de reflexionar, de hacernos cargo y de aprender.
Somos los adultos los que podemos allanarles el camino a nuestros hijos e hijas y evitarles la condena de repetir y perpetuar, generación tras generación, lo que hacían mal nuestros ancestros.
Somos los adultos los que tenemos la oportunidad de recrear la convivencia de maneras más saludables y, en el mismo sentido, ayudar a perpetuar, en cada generación, esa mejor calidad de vida.
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